La NASA, en una labor conjunta con SpaceX, lanzó con éxito tres misiones al espacio. El propósito de esta triple incursión fue claro: mapear la heliosfera, rastrear la meteorología espacial y comprender la dinámica de la atmósfera terrestre frente al embate del viento solar.
El despegue, ocurrido desde Florida en un cohete Falcon 9, marcó el inicio de un viaje de 108 días. Según lo reseñado en EFE, el destino de las sondas no fue otro que el primer punto de Lagrange, un enclave gravitacional a más de 1.6 millones de kilómetros de la Tierra.
La misión principal, denominada IMAP (Sonda de Mapeo y Aceleración Interstelar), asumió el encargo de cartografiar la heliosfera con un nivel de detalle sin precedentes. Esta vasta región, extendida a 14.000 millones de kilómetros de la Tierra, se forma por las partículas magnéticas solares.
Su función, vital para el sistema solar, es protegerlo de la radiación cósmica. Hasta la fecha, el conocimiento humano sobre este escudo natural era escaso, limitado a los datos recabados por las sondas Voyager, lanzadas hace casi seis décadas.
IMAP, en su labor, se concentrará en la interacción del espacio interestelar con la heliosfera. El estudio se enfocará en cómo las partículas cargadas del Sol se energizan para dar origen al viento solar, un fenómeno con efectos directos sobre la Tierra.
La información que esta misión recopile se consideró crucial para el futuro de la exploración espacial, especialmente para misiones tripuladas como las del programa Artemis, al proporcionar datos vitales sobre los riesgos del viento solar para los astronautas.
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