El sonido de la salsa brava se filtraba hacia la autopista. Llegaba lejos, más allá de La Carlota, en Caracas. Sobre la placa de concreto del Centro Comercial Ciudad Tamanaco, no había una tarima; se había construido un barrio.
Zapatos colgaban de cables eléctricos que cruzaban el aire. El pabilo de un papagayo descansaba enredado sobre un techo de zinc. Juguetes abandonados y normes tanques de agua azules coronaban estructuras a medio construir.
Era sábado, 18 de octubre, la tercera noche en que Servando y Florentino reclamaban Caracas. Y lo hacían no desde el escenario, sino desde la raíz.
La experiencia, bautizada «Rutas de escape», abría sus puertas a las tres de la tarde. El público no ingresaba a un concierto, sino a «La Caleta». Esta exposición inmersiva era un homenaje vibrante al sector popular que vio nacer a los hermanos Primera y a su padre.
La música de la Fania, Héctor Lavoe y Oscar D’León retumbaba, marcando el ritmo de la tarde. Los asistentes caminaban entre fachadas coloridas, barberías improvisadas y hasta una pared absurda, cubierta de sostenes femeninos.
Había una cancha básquet con rejas metálicas y otra de bolas criollas. Juegos de mesa en las aceras y una patrulla de policía que, en lugar de intimidar, invitaba a una fotografía.
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