Donald Trump desató una campaña para presentar a los venezolanos como delincuentes y asesinos, insistiendo en que Venezuela está dirigida por bandas de narcotraficantes, apoyadas por cuerpos militares que conforman un poderoso cartel de drogas
Trump repite día tras día que el gobierno de Maduro vació cárceles y psiquiátricos para llenar las ciudades de su país de presidiarios y psicópatas. Esa es su explicación al aumento de la criminalidad que padecen los estadounidenses.
A los venezolanos, por tanto, hay que negarles toda posibilidad de vivir allá. Le eliminaron el status de protección temporal a centenares de miles de inmigrantes nuestros e incluyeron a Venezuela en una lista negra de países a cuyos nacionales no los quieren ni de turistas. Los venezolanos, para Trump, son unos indeseables que afectan la seguridad nacional de los Estados Unidos. Así, da rienda suelta al desprecio que profesa por países de negros, indígenas y de habla hispana. Deja constancia de su racismo y profundiza la campaña de desprestigio contra Venezuela, lo que necesita para alcanzar los propósitos injerencistas que ha tenido siempre en la mira.
La estrategia de mentiras entra en fase candente al sostener que los Estados Unidos ha sido invadido de drogas por Venezuela. Para enfrentar eso ordenó un despliegue naval sin precedentes en el Caribe. Unidades militares sofisticadamente equipadas, portaviones y más de 16.000 soldados se preparan para los ataques que son la aspiración de los intereses militaristas y guerreristas que en ese país tienen más peso y poder que el bipartidismo demócrata-republicano y cuyo liderazgo Trump aspira, aunque presuma ser merecedor del premio Nobel de la Paz.
La insistencia de Trump en enlodar la imagen de los venezolanos y en señalar al gobierno del presidente Maduro como un antro de traficantes de drogas no fue replicada en la opinión pública norteamericana. Sus continuas ofensas interpretaban el sentir de racistas y antihispanos que, debido a la presión social de lo “políticamente correcto”, vivieron años en reprimido silencio y ahora con el desafiante lenguaje del presidente estadounidense encontraron un traductor de sus verdaderos y ocultos sentimientos. Salvo excepciones, las críticas a la campaña sucia de Trump contra Venezuela y los venezolanos no se hicieron presentes en foros ni aparecieron en artículos de prensa o declaraciones en los medios de ese país.
A estos grupos que recibieron con satisfacción ese mensaje y acciones clasistas y racistas, se sumaron élites venezolanas a las que se les sale por los poros un marcado arribismo que los lleva a despreciar y a negar a sus connacionales, sobre todo si son negros o pobres, y a sentir exultante agrado por cualquier ataque, merecido o no, contra Maduro y su gobierno. Para ellos, mientras más lejos los perciban y los sientan de Venezuela, mejor.
Lo que sí ha generado una reacción crítica fue el inicio de las operaciones militares en el Caribe con el pretexto de combatir el tráfico de drogas. Desde centros especializados de investigación, Oficinas de Naciones Unidas y medios de comunicación, se han dado a conocer informes que revelan que alrededor del 85% de la droga que entra a territorio de los Estados Unidos lo hace por la costa del Pacífico, por Canadá y principalmente por México, mientras la más alta proporción del resto les llega por el Atlántico Norte, por el Golfo de México y por producción propia. En Venezuela no se produce cocaína. En Venezuela no se produce fentanilo. No es desde Venezuela que se surte la multibillonaria industria de la droga que tanto éxito tiene en los Estados Unidos y que dolorosamente se expresa en terribles consecuencias para unos 35 millones de adictos.
Esos ataques militares han destruido unas 25 lanchas con saldo de 95 asesinados que se creen procedentes de Colombia, Trinidad y Venezuela. Ninguna de esas personas ha sido identificada por el gobierno norteamericano. Ninguno estaba armado. No ofrecían resistencia ni eran combatientes. No hay evidencia de la droga que Trump dice que transportaban. No se sabe si eran pescadores, comerciantes, contrabandistas, lancheros en tareas turísticas, o si ciertamente traficaban con drogas. Fueron asesinados sin saber quiénes eran y sin que existiese permiso del Congreso de los Estados Unidos para declarar una guerra.
Lo que sí está comprobado es que algunas de esas lanchas se dirigían a Trinidad y a Surinam, no a los Estados Unidos, a donde para poder llegar habrían tenido que reabastecerse de combustible entre 20 y 23 ocasiones. Más grave, se verificó, que, en por lo menos uno de los ataques, sobrevivientes indefensos fueron rematados por un segundo misil bajo la orden de “mátenlos a todos”, lo que es considerado un crimen de guerra, como los cometidos por los nazis y que fueron sentenciados en los juicios de Núremberg. Trump y sus colaboradores se niegan a mostrar los videos de estos bombardeos, de estos asesinatos cometidos contra náufragos desarmados e indefensos. Igualmente ocultan los archivos del pedófilo Epstein, con quien Trump mantenía cercanas y frecuentes relaciones, tema del que han intentado que la opinión pública se olvide concentrando a todos en el sensacionalismo de la guerra contra Venezuela.
Este espantoso espectáculo ha generado rechazo y repudio. Los estadounidenses se sienten engañados por el líder que prometió no tener más guerras y que ahora se dedica con frenesí a fabricar una contra Venezuela, país que no ha agredido a los Estados Unidos de ninguna manera y que ha mantenido siempre una conducta pacífica, siendo, además, completamente inocente de lo que Trump y sus secretarios Rubio y Hegseth la acusan con relación al tráfico de drogas.
Hasta ahora los militares norteamericanos han actuado a sus anchas y desde lejos, operando misiles con alta tecnología. Anuncian ataques por tierra a Venezuela, en los que moriría mucha gente, civiles y militares venezolanos, al igual que jóvenes militares estadounidenses. Y todo por hacerse del petróleo, del gas, del oro, del coltán venezolanos. Con lo del reciente robo de un tanquero cargado con 2 millones de barriles de crudo venezolano, la mentira del combate a las drogas como excusa para las operaciones militares en el Caribe ha quedado al descubierto.
Todo ha sido mentira. Venezuela no produce drogas, produce petróleo y eso es lo que buscan, robárselo, como acaban de hacer con el tanquero en aguas internacionales. Los matones sueltos en el Caribe buscan perpetrar el robo de la historia, cogerse para ellos lo que pertenece al pueblo venezolano. Esta mentira de la lucha contra las drogas, enfrentando a un país que no las produce, trae a la memoria el engaño del año 2003 cuando murieron un millón de seres humanos, civiles y combatientes, y destruyeron ciudades y pueblos en la invasión de Irak, con el argumento, que de antemano sabían falso, según el cual Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva. Propagaban que Irak representaba una amenaza para los Estados Unidos, como hoy también lo expresan de Venezuela en el montaje que han preparado para robarse nuestro petróleo.
Nunca aparecieron las armas de destrucción masiva y tuvieron todo el tiempo para encontrarlas en esos nueve años que mantuvieron ocupado militarmente el territorio iraqui, pero la Shell y la ExxonMobil se quedaron con los grandes contratos petroleros y la política energética de Irak pasó a ser decidida desde Washington.
Este macabro relato lo conocen muy bien los políticos venezolanos que están bajo las alas de Trump, del Departamento de Estado y de la ExxonMobil. Pero no les importa, siguen reclamando la invasión de su propio país por una potencia extranjera. Son los mismos que han acompañado con su vergonzoso silencio la campaña de difamación contra Venezuela y los venezolanos, los mismos que dicen a los cuatro vientos que el 60% de la población venezolana está dedicada al narcotráfico, creyendo que así son “mejores opositores”, o que con eso capitalizan el descontento de una población hundida en el alto costo de la vida y pésimos servicios públicos.
La única bandera que ahora muestran es que ellos son los amigos de Trump, que ellos tienen el apoyo de esas potencias que antes invadieron a Irak y que desde hace doce años mantienen un férreo bloqueo económico contra Venezuela. Nos echan en cara que tienen poder, mucho poder. Nos muestran que lo de “hasta el final” no era cuento, que están dispuestos a todo, a respaldar una guerra contra Venezuela, que mueran miles de compatriotas, a entregar el petróleo y el oro, que Venezuela sea propiedad de otro país, a todo, con tal de llegar al poder.
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