Artículo 15. La sociedad tiene derecho a pedir cuentas de su gestión a cualquier agente público.
Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. París, 1789.
Artículo 16. Una sociedad en la que no esté establecida la garantía de los derechos, ni determinada la separación de los poderes, carece de Constitución.
Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. París, 1789.
“Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que quienes están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza, no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”.
Juan Pablo II (Centesimus annus, 46)
Venezuela deambula entre la perplejidad, la desfiguración y el espejismo. Se ha transformado en un Estado desrepublicanizado, desconstitucionalizado, desinstitucionalizado, desconvencionalizado y sujeto a tutela política y militar, desde una extraña suerte de protectorado ejercido por los Estados Unidos de América.
Sin embargo, su población opone una expectativa mayoritaria que cree que la situación mejorará, más allá de una crisis compleja que ha conducido al país hacia la pobreza, el atraso, la disfunción general de las prestaciones públicas, el daño antropológico y la pérdida de autonomía y soberanía.
Paralelamente, la incertidumbre racional persiste y la emoción se mantiene, como un renovado ánimo que se funda en la esperanza, acorde con nuestro misticismo. La gente cree que llegará otro escenario más temprano que tarde y apuesta a que el país entrará pronto en un período de transformación y progreso.
Empero, cambiar las cosas después de 27 años de una experiencia caótica con nombre de revolución, no es tarea sencilla, ni faena que se pueda acometer sin un genuino y vigoroso compromiso espiritual, ético y moral que sirva de apoyo en la travesía. Más aún cuando quienes dirigen el ejercicio del poder y el mando son los mismos que crearon y alimentaron la crisis que sofoca al país.
Una circunstancia no puede ser obviada: el hegemón del norte impone una estabilización fundada en sostener a Delcy Rodríguez, y a ella se adhieren precisamente aquellos que dirigieron el deletéreo proceso que nos trajo hasta aquí.
A la distancia, se perciben, sin embargo, ademanes tímidos por parte de la clase política gobernante en la dirección de corregir algunos entuertos. La vicepresidenta encargada intenta conciliar, no sin dificultad, propósitos que traen consigo una aporía: pasar de un extremo a otro para sobrevivir y agradar al mismo tiempo a sus nostálgicos compañeros de ruta y al protector imperial, sin dejar de ser, ante quienes, como ella, son la rémora contumaz del orden ideológico a superar.
Una prueba de ello es la Ley de Amnistía, que no resuelve, sin embargo, la tendencia a criminalizar la conducta crítica de la ciudadanía y, especialmente, se mantiene reacia a aceptar el reclamo pluralista y una base de alteridad. Mientras no se deroguen las leyes represivas, no habrá retorno a la democracia ni al respeto de los derechos humanos.
Que Perkins Rocha siga, y no solo él, privado de libertad, se acerca a la situación que anticipaba la Cátedra de Derecho Constitucional de la UCV, que advertía que la interpretación de esa Ley de Amnistía, sin completar la necesaria abrogación de otros instrumentos, traería discriminación y continuidad de la persecución.
La superación de esta agonía que lastra las verdaderas posibilidades de dar el salto cuántico que necesitamos y construir un verdadero cambio para mejor, reside en entender que todos deben aportar desde sus espacios. Nadie tiene la fuerza para alzar la pesada losa que la fallida revolución colocó sobre nuestras espaldas. Ni el mutante chavomaduristamilitarista que nos sigue gobernando, ni la oposición más popular pero inorgánica que reúne a la insatisfecha mayoría ciudadana.
No hay una varita mágica ni energía acumulada en manos de la nación misma. Los que gobiernan deben dar la vuelta e iniciar el despeje de la ecuación. Tienen y deben asumir la responsabilidad histórica. Carecen de legitimidad y la legalidad de la que disponen es precaria, no es sustentable en el tiempo, y sugiere abrir las compuertas para que el país vaya saneándose orgánicamente y curándose las heridas de todo tipo que hoy lo afligen. La salida es pugnar por depurar la contaminada y adulterada legalidad con el remedio de la legitimidad constitucional y legal. ¡Atrévanse!

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