“Se considera realidad como la percepción subjetiva de los individuos
sobre el mundo que les rodea. Percepción se refiere a la interpretación y comprensión personal de la realidad, influenciada por factores como la cultura, la experiencia y, especialmente, el lenguaje. Lenguaje se entiende como un sistema de comunicación compuesto por palabras, frases y símbolos que utilizamos para expresar nuestras ideas y pensamientos”, Camilla Carella R.
¿Profesor, es Venezuela un país soberano? Cuando se trabaja con estudiantes, constantemente te preguntan aquello que sus lecturas e inquietudes intelectuales les sugieren dificultades, dudas, confusiones, coloquialmente: “les provoca ruido o turbulencia”. El examen temático y las preguntas que nos formulan a los docentes a menudo tocan aspectos que la cotidianidad resalta, pero desde una búsqueda epistémica.
Después del 3 de enero pasado, es más bien preocupante que no solo los cursantes de la carrera de Derecho, Estudios Políticos o Estudios Internacionales no se interroguen sobre ese asunto de la soberanía, sino, incluso, cualquier ciudadano que tenga y bastaría, algunos conceptos en mente como Estado, soberanía, política internacional y democracia.
Precisaba el sesudo jurista y amigo entrañable Julio Cesar Fernández Toro, destacado profesor de la Universidad Central de Venezuela, en un conversatorio con los miembros de la Cátedra de Derecho Constitucional de la mencionada UCV, que no son los Estados los soberanos sino las naciones o los pueblos preferiblemente, aunque también descolla que son los Estados los que los personifican y asumen la gestión de esa cualidad.
Sin embargo, por soberanía ha de entenderse la energía decisoria de la que debe disponer una sociedad política y que le permite gobernarse sin obstrucción ni injerencia y así autodeterminarse. Es un desiderátum de las naciones todas o así se ha verificado y ha signado la evolución desde Westfalia en 1648 que supuso, y lo resalto, reconocer la soberanía territorial, permitiendo a los Estados gobernarse sin interferencia externa y limitando el poder del Sacro Imperio Romano.
Estos tratados marcaron el fin de la hegemonía de los Habsburgo y dividió el Sacro Imperio en numerosos Estados prácticamente independientes, transformando la estructura política de Europa.
Es en esa perspectiva del concepto de soberanía, con sencilla presentación de ese elemento esencial del derecho político, constitucional e internacional, con el cual funciona la sociedad internacional y, tal vez deba agregarse, asumiéndola, como un rasgo esencial con el cual los Estados, sin ninguna excepción definen su condición de Estados y se presentan en el orden internacional reclamando un espacio y el reconocimiento, como sujeto internacional de derecho, con derechos y obligaciones.
Por cierto, el siglo pasado parecía el del fin de los imperios y se acompañó con la emergencia del Estado-nación como actor principal y, fue ese motivo y su fenomenología, el mayor factor belígero y remodelador de la geografía política mundial y aún conserva su emoción y su carga explosiva.
Empero, ese vocablo soberanía tiene distintas acepciones dependiendo del contexto en que se use y así, cuando nos referiremos a soberanía popular estamos indicando esa capacidad de que disponen los pueblos para desde ese ejercicio autónomo escoger sus representantes y decidir sobre los asuntos propios de un sistema democrático.
Cabe recordar y ya veremos por qué, es pertinente evocar la diferencia entre soberanía popular como la entendía Rousseau y soberanía nacional como le definía Sieyès, para distinguir la naturaleza de esa entidad conceptual que en el caso del primero distribuía alícuotas entre los conciudadanos en tanto el abate pensaba en su indivisibilidad y, así, legitimaba racionalmente la democracia representativa, única posible funcionalmente en el criterio del talento de Frejús, en lugar de la embarazosa reunión de los comuneros para cada deliberación y disposición, por llamarlos así.
La democracia se conecta entonces paradójicamente con la soberanía, pero resalta lo que llamaría Derrida el derecho a la alteridad, asumiendo cada uno a los demás en sus roles y conviviendo en ese espacio entre iguales y distintos. El pluralismo es una de las bazas de la democracia y de la república.
La soberanía de su lado encierra una aporía en su ontología y es su unidad en la rigidez, lo que no evita que precisamente por ella y su potencia pueda realizarse lo que de suyo resultaría contrario a su ser mismo. La construcción europea se cimenta en el deseo de los pueblos a través de sus Estados y de las organizaciones comunitarias a edificar un destino común en asociación, sin dejar de significar, sin embargo, uno y todos en cada cual.
Bajo el gobierno de Chávez, y él supo rápidamente descubrirlo y aprovecharse, se confundieron ambas, soberanía y democracia, que, como nos enseña la filósofa catalana Laura Levadot leyendo a Derrida, “son incompatibles pero inseparables”, lo que condujo a esta desdichada sociedad a padecer al abuso sistémico del líder carismático devenido hegemón y, viene a mi espíritu Lord Acton y la tentación deletérea del poder, pervirtiéndose el mandato que se asumió como una delegación de soberanía, como diría O’Donnell.
La secuencia empapada de antipolítica se tradujo en una conocida experiencia; un apoyo incondicional al obsequioso de uniforme, golpista fracasado, con la arraigada convicción, además, de que el comandante realmente los representaba y los tenía en su agenda, lo que luego se fue revelando como una falacia, pero, aun así, el liderazgo con discurso populista que avaló la segregación política y la orientación autoritaria que se evidenciaba cada día, recibía un apoyo sostenido.
El soberano pasaron a encarnarlo por subrogación Chávez y la caterva de ineptos, arribistas y malhechores que se colaban. El proyecto de “ejército, caudillo y pueblo”, entretanto, se había consumado.
La desviación, como una mortífera patología, traía sus deformidades en todas las áreas visibles. Se fraguó una oligarquía en torno al ya mencionado plan de Ceresole, pero bajo el culto a la personalidad del caudillo que hacía y disponía a placer de todas las funciones de los órganos del poder público, lo que lo llevó, incluso, a permitirse compartir ese poder ya personal y propio con ídolos que en su subconsciente dormían. El ahora difunto trajo a Fidel y a los cubanos y llevó a ellos trazos de ejercicio de lo que podría llamarse sin hipérbole cuotas de soberanía. Él fue entonces, el acto y la potencia de la desrepublicanización.
Al mismo tiempo, rusos, chinos, bielorrusos e iraníes aparecían por doquier y el cabecilla adalid y su séquito de enajenados, ebrios de poder y concupiscencia, desatados y seguros de la mayor impunidad, tiraban al país contra las piedras del desorden y el saqueo de las finanzas públicas, al comienzo; y luego la manipulación de la constitucionalidad y de todo vestigio de legalidad contralora. El festín baltasariano se echó a andar y aún dura.
¡Que nadie me venga a decir que con Chávez el pueblo venezolano fue soberano! Sin pudicia alguna, adjudicando a Cuba o Guyana lo que se podía y lo que no, contratando con el gobierno cubano siempre en términos favorables para ellos, irrespetando la Fuerza Armada y la administración pública, subordinándolos a los cubanos y él mismo dilapidando los fondos públicos como propios y sin límites ni control, pasando más tiempo en la isla que en su país, atendiéndose su dolencia física e incluso muriendo allá por voluntad propia. Dejó claro para la historia Chávez que su escogencia espiritual, sentimental y material, y el mando que destilaba como un atributo de su personalidad, el poder que encarnaba entonces, se había mudado por su capricho a La Habana. ¿Cómo puede negarse eso?
Colegimos que estos años de extravío desquiciaron a la república misma que se había modelado imperfecta, pero por primera vez en nuestra historia, con fundamento en la soberanía nacional, entiéndase esa que proviene de la nación y que se expresa a través de mecanismos democráticos. Durante 27 años el país perdió su brújula para danzar abrazado a todos los demonios. ¡Que cada cual asuma su responsabilidad!
Ciertamente, luego de lo acontecido en enero y febrero de 2026, nadie puede tampoco dejar de admitir una injerencia norteamericana en los asuntos de Venezuela que se ratifica con los discursos de Trump y Rubio y las acciones acometidas desde la extracción del sátrapa. Tampoco puede decirse que el comportamiento dócil y colaborador de los ocupantes de la estructura gobernante contradice esa situación y fuerza es concluir que estamos, como Estado, despojados del ejercicio de independencia, libertad, autonomía y autodeterminación, conforme a un Estado que se pueda, legítima y legalmente, llamar soberano y, menos aún, una república.
La tarea es, pues, para cualquier ciudadano, colaborar para que realmente se restituya la dinámica “legitimidad democrática y ejercicio soberano”. Pragmáticamente me refiero, y sin eufemismos, así están las cosas. La mentada transición no está clara en un horizonte más bien obscuro. El cómo y el cuándo son el quid de la cuestión. Trabajémoslos.


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