Por: Víctor Manuel García Hidalgo (Habla El Editor)
La política en este país es un show de luces, discursos y nombres que van y vienen en las pantallas: que si Dinorah por un lado, que si Delcy por el otro, que si la última jugada de pasillo. Pero mientras el debate público se pierde en la retórica, en la calle, donde la gente trabaja y produce, la realidad golpea con un frío corte de edición. La economía real no entiende de discursos; entiende de realidades, y la realidad actual está en números rojos.
En una reciente visita a mis buenos amigos de las cadenas Red Vital y Makro, me confiaron una verdad incómoda que ningún boletín oficial te va a contar: la quincena que correspondía no fue cancelada. La “solución” entregada a los trabajadores fue una promesa en el aire, un compromiso de pago diferido para el próximo martes. Así de tambaleante está el flujo de caja en los gigantes del comercio; imaginen lo que queda para el resto.
Pero el problema no es exclusivo de los asalariados. El sector empresarial y de servicios vive su propio viacrucis tras bastidores. En nuestro caso particular, la empresa que menos dinero nos adeuda arrastra una mora de tres meses sin pagar. Y aquí viene el dilema del editor y del empresario: ¿cómo demandas cuando se trata de clientes con más de 17 años de impecables relaciones comerciales? Quedas atrapado entre la lealtad histórica y la asfixia financiera.
Al final del día, podemos pasar horas analizando la última declaración política, pero la edición final de esta película siempre nos lleva al mismo punto de inflexión. Como bien inmortalizó mi amigo Bill Clinton en su campaña de 1992, una frase que hoy mantiene una vigencia demoledora en Venezuela: “¡Es la economía, idiotas!”. Menos retórica y más liquidez, porque con discursos no se reactiva el aparato productivo ni se llena la nevera de los trabajadores.
